El mazazo no lo asimiló bien el Bayern reflejado en la figura de Dante que puestos a pintar, no pintó nada. Su salvaje entrada a Ronaldo mereció una roja que el arbitro pintó de amarillo. Disparidades cromáticas aparte esto no distrajo lo más mínimo a los blancos. Di María sacó una falta lateral que peinó Pepe y que remachó Ramos. El sevillano encontró el balón del penalti que lanzó al espacio 2 años atrás para dedicárselo doblemente a Neuer.
Pero el Madrid estaba desencadenado. El toque del equipo de Guardiola estaba siendo aniquilado por el toque de corneta de Ancelotti. Una contra magistral de todo el frente de ataque blanco acabó con gol de Ronaldo que apagó definitivamente la llama que autoconsumía el infierno alemán. Guardiola una vez más se equivocó. No eran atletas, eran máquinas.
Nadie pensó que sobraría algo en este partido. Sobró el segundo tiempo. El partido entro en una especie de pacto de no agresión. Uno no buscaba el imposible, otro no buscaba más sangre. El Madrid tiró de grandeza y supo contener los tímidos intentos del Bayern que renunció a su identidad por la cabezoneria de un entrenador que pecó de romántico.
Pero a la fiesta le faltaba la guinda final. Una falta de la temblorosa defensa alemana permitió a Ronaldo salir de la tarta y redondear la histórica noche con un 0-4 apabullante. Ironías del destino; en Barcelona sonrieron, el Madrid les había vengado.
Chelsea o Atlético tendrán el honor de acompañar al Madrid en su investidura como Rey de Europa. No será una proclamación, será una confirmación. Las vitrinas de Chamartín están inquietas, nerviosas. Esperan impacientes la llegada de una nueva compañera, la más bella y hermosa de todas. Cuenten a sus hijos, a sus nietos, a sus amigos, lo que esta noche pasó aquí y no lo olviden nunca; el Bayern no lo hará.














